Las agujas del reloj fingían ser las dueñas de aquel sonido tranquilizador,
de aquel sonido que de vez en cuando le otorgaba un cambio notorio a una noche
simple. Yo sabía, de todas maneras, que las agujas solo marcaban la hora y que
el sonido provenía del interior de aquel artefacto tan insignificante. Sabía
tantas cosas, pero que a nadie le interesaban.
Una vez, me pregunté de dónde provenía el rocío, aquel que ocultaba su
identidad en la oscura noche y ya cuando amanecía el sol lo delataba, sin poder
hacer nada. Por no tener pistas, solo era visto cuando no era culpable de nada.
Pero dejó de ser un misterio para mí cuando una noche, con el resonar de un
reloj, desperté sintiéndome observado, y sabía mejor que nadie quiénes en ese
momento me intimidaban, me culpaban con la mirada, asustadas por haberlas
descubierto. Ellas eran inteligentes y sabían que las agujas de un reloj solo
marcaban la hora y que estaban en peligro, ya que las había descubierto, por lo
que no dudaron en bajar hasta mi ventana antes de que amaneciera.
–¿Qué
hora es? –preguntó una de
ellas, la más brillante de todas. Busqué con la mirada mi reloj para
responderle, pero no lo encontré.
–¡Sin el tic tac de un reloj, nosotras no sabríamos cuándo bajar a la
tierra! –reprochó la mas
pequeña de todas.
Yo aún continuaba buscando mi reloj en aquella habitación estrecha, pero
que ahora se convertía en un lugar inmenso para buscar un pequeño objeto.
–Quiero
que finjas ser un reloj! –
me ordenó la de mayor edad, tomándome desprevenido.
–¿Cómo? –le pregunté, al notar que no
sabía cómo hacerlo. Ella solo volvió a repetir lo de antes y esperó por mi
respuesta. Yo, instintivamente, coloqué mis brazos como agujas y los moví como
si fuera un reloj, pero quien me miraba con tanta intriga solo supo carcajear.
–Lo
sabes, sabes cómo es un reloj, pero no puedes ser uno de ellos. Sabes que el
sonido proviene del interior, pero cuando te pedí que fingieras, ¡tú solo
supiste hacer a las agujas con tus brazos! –dicho
esto, volvió a reír. Yo era inteligente y sabía a qué se refería, pero aun así
no dije nada y preferí que continuara hablando.
–Nos
has visto, sabes que somos quienes cumplimos el papel del rocío. Al igual que
un reloj, nosotras somos las que generamos el tic tac, pero es el rocío quien
llama la atención de todos y de algunos. Lo más importante: no puedes contarle
a nadie nuestro secreto.
Casi rogándolo, me pidió aquel favor mientras me devolvía mi reloj, el que
había estado buscando minutos antes.
–Pero...¿por
qué? –me tomé la confianza
de preguntar mientras tomaba el reloj en mis manos.
–Porque,
al igual que con el reloj, donde todos creen que las agujas son las dueñas del
sonido, las personas creen que el rocío es inocente y si todos se enterasen de
la verdad, nuestro misterio ya no tendría sentido.
–Pero ¡ustedes
son inocentes! –exclamé,
ya confundido en aquella situación.
–Y lo
somos, pero mientras las personas intenten descubrir nuestro supuesto delito
seremos interesantes para ellas, por lo tanto no nos extinguiríamos. De todas
maneras, no te preocupes, solo no le cuentes a nadie nuestro secreto y nosotras
no te quitaremos tu tiempo.
Dicho
esto, la luz del sol fue tanta que ya no las pude ver, se camuflaban
perfectamente con el día, pero yo sabía que las estrellas estaban allí, como
rocío, esperando que un insignificante reloj les dijera cuándo debían
bajar del oscuro cielo y cumplir el papel de agujas.
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